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Las funestas predicciones económicas

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Un mal economista es aquel que se pasa media vida haciendo previsiones del futuro y la otra media justificándose por no haberse cumplido sus predicciones. Un caso histórico sonado es el de Irving Fisher, el economista estadounidense que puso las bases del monetarismo, cuando unos días antes del Crac de 1929 tuvo la mala suerte de asegurar que los precios de las acciones habían alcanzado unos niveles estables y permanentes. Pocos días después llegaría el pánico bursátil y la Gran Depresión. Algo parecido ocurre con las predicciones anuales del Fondo Monetario Internacional (FMI), con el agravante de que estas se deben desmentir cada año. A título anecdótico, el FMI pronostica para España un crecimiento del 2,7% en 2016 y del 2,3% en 2017. Es un crecimiento superior al de la zona euro y Alemania (1,7%), similar al de EEUU (2,6%) e inferior al mundial (3,5%). La credibilidad que tiene, insistimos, es nula. En abril del 2008 el FMI preveía que el PIB español crecería en 2009 un 1,66% y, en realidad, cayó un 3,7%. Y en 2012 preveía que en 2013 crecería un 0,125%, pero cayó un 1,2%.

Lo que sí es una realidad cuantificable, en estos inicios de año, es la fuerte caída de la bolsa, afectada por la incertidumbre internacional y la desaceleración económica de China, que ya nota los letales efectos de la creación de dinero y crédito. La resaca puede ser colosal, abortando cualquier atisbo de recuperación global. También se constata el crecimiento de la desigualdad. La renta media de los catalanes sigue siendo inferior a los niveles de antes de la crisis de 2008 y en el caso particular de Barcelona, ​​con resultados fácilmente extrapolables, el incremento de la desigualdad se traduce en que una familia de Pedralbes tenga un nivel de renta 7,2 veces superior al de una familia de Trinitat Nova. En definitiva, que la gran mayoría de la población ve como disminuye su renta, pudiendo llegar a episodios graves de pobreza aguda, mientras que una minoría elitista mejora sustancialmente. Y lo más escandaloso es que no lo hacen por méritos propios, sino por conexiones privilegiadas con la oligarquía política y financiera.

Algunos representantes de estos últimos se encuentran en Davos donde, con lujo y marcada ostentación, vuelven a hablar con pedantería del futuro y de lo que llaman cuarta revolución industrial. Tras la primera mecanización y de la máquina de vapor, después de la producción en cadena de Henry Ford y de la electricidad, después de la informática e Internet, ahora sería el turno de la robotización de los puestos de trabajo, con el desplazamiento de la mano de obra menos cualificada que esto conlleva. Hablar en estos términos es un ejercicio de economía-ficción, muy propio de diletantes y de visionarios llenos de sí mismos. Primero, no está claro que la informática e Internet se hayan traducido en aumentos de productividad sostenidos y significativos, alcanzando la categoría de tercera revolución industrial. Robert Gordon, profesor de la Northwestern University, sostiene que Internet puede haber cambiado el modelo de consumo, pero que no se ha traducido en incrementos del valor de la producción ni ha aumentado el nivel de vida de la sociedad. De hecho, lo considera mucho menos importante que los avances técnicos que Thomas Alba Edison, entre otros, hicieron durante los primeros años del siglo XX. En segundo lugar, porque extensas zonas de la península ibérica (entre otras) no han tenido, en pleno siglo XXI, ni la más incipiente industrialización. Ninguna revolución industrial ha afectado su modo de vida. La única revolución económica que han conocido sus antecesores es la del Neolítico, en el 9000 a.C., con la aparición de la agricultura y la primera división del trabajo. No saben lo que es un telar mecánico y, menos aún, el uso productivo del ordenador, que se limita a ser el soporte de los juegos virtuales y los chismes de Facebook.

Donde todas las predicciones sí coinciden es en destacar que el paro seguirá siendo el principal cáncer de España, con cifras superiores al 20%, elevada precariedad laboral y baja productividad del trabajo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en su informe sobre las perspectivas sociales y del empleo en el 2016, sitúa el paro de España en el 21,5% en 2016 y el 21,3% en 2017. Las proyecciones de crecimiento del empleo son aún más pesimistas: bajo incremento del 0,9% en 2016 y 0% en 2017. En palabras del jefe del departamento de investigación de la OIT, Raymond Torres, España necesitará más de 10 años para volver a los niveles de desempleo precrisis, que ya eran excepcionalmente elevados. Por otra parte, la tercera parte de los contratos laborales seguirán siendo precarios, temporales o a tiempo parcial. Cualquier acción de gobierno debería considerar la lucha contra el paro como la primera prioridad política. Un país donde los jóvenes, depositarios de elevados niveles de inversión pública, tengan que emigrar forzosamente no tiene ningún futuro. Conseguir sólo un paro friccional del 4 o 5% no es ninguna casualidad. Es el resultado de las políticas de países como Dinamarca o Suiza, Alemania u Holanda. Rebajar el coste de la contratación, especialmente de las cotizaciones sociales a cargo de la empresa, y permitir la libertad de contratación entre el empresario y el trabajador no debería ser ninguna utopía ni heroicidad, sino la normalidad de un país que se propone avanzar y salir de la crisis trabajando.

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