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El pánico que no cesa

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La bolsa nos depara nuevas jornadas negras. Los paneles se han teñido de rojo en todos los parqués y el mercado de renta variable español acumula un retroceso anual superior al 18%. Las empresas siguen produciendo y teniendo beneficios, no hay ningún elemento concreto que provoque estos descensos en los mercados bursátiles, repiten como un mantra los operadores de bolsa, pero la economía mundial revive los temores de una ralentización económica global y de una salida en falso de la crisis del 2008. El Crac de 1929, con la política intervencionista del New Deal de Roosevelt sufrió una recaída en la recesión el 1937, incrementando de nuevo el desempleo y disminuyendo la producción y renta disponible. De manera similar, ocho años después de la crisis del 2008, crecen los temores de una nueva recesión global.

En las crisis financieras anteriores, los bancos centrales tardaban en promedio menos de 4 meses, desde el final de la recesión, a subir los tipos de interés. En la crisis de 2008, en cambio, la corriente macroeconómica dominante, en flagrante connivencia con el poder político y financiero, ha tardado 78 meses en hacerlo (Federal Reserve, diciembre de 2015). Se han impulsado políticas monetarias ultraexpansivas que se han traducido en la fabricación masiva de dinero o, lo que es lo mismo, en la fijación manu militari del tipo de interés básico en el 0% durante este larguísimo período. La brutal manipulación de las condiciones naturales de los mercados monetarios y financieros ha repetido y amplificado los errores que generaron la crisis. El abaratamiento artificial del tipo de interés orquestado por el Banco Central, como han explicado economistas tan marginados y despreciados actualmente como Mises y Hayek, es la causa de un proceso insostenible de masivas inversiones erróneas que distorsionan la estructura productiva y acaban generando una crisis financiera y posterior recesión económica. Pretender solucionar la crisis repitiendo los mismos errores que la han creado es más que un acto de prevaricación irresponsable. Es un monumento a la estupidez y arrogancia humanas. Impide purgar los errores cometidos en el pasado e impulsa la burbuja más temible, la de la deuda pública.

En España, desde 2007, las familias y empresas no financieras han reducido la deuda privada en 450.000 millones de euros. Desgraciadamente, la deuda pública ha incrementado en 650.000 millones (del 35% al 100% del PIB) y la deuda total, por tanto, sigue aumentando. Como el mito de Sísifo en el infierno, de nada sirve el esfuerzo de unos para sanearse financieramente, talmente como empujando una enorme piedra pendiente arriba, si los otros se endeudan ilimitadamente, haciendo rodar de nuevo la piedra cuesta abajo. La deuda pública es adquirida mayoritariamente por los bancos comerciales, que deterioran su activo y tienen, con un interés nulo, menos margen para hacer su negocio y rentabilizar los depósitos. Las sospechas de insolvencia bancaria se extienden de país en país y golpean la capitalización bursátil de las entidades financieras. Bankia ha perdido el 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, el 7,64% de su valor. Aquí no hay lugar para los milagros. También el BBVA ha perdido el 7,14%, el Santander el 6,86% y Caixabank el 6,74%.

El FMI, por si fuera poco, recomienda más regulación, más supervisión, más control de las insolvencias bancarias y el desarrollo de mercados de deuda tóxica. Todo en vano. Conceder más poderes al regulador en un mercado planificado centralmente como es el monetario, contribuye a corromper aún más el regulador y a la captura del regulador por parte del regulado mediante el mecanismo de las puertas giratorias. Recordemos el caso reciente de Fernando Restoy, actual subgobernador del Banco de España, a quien se le pide el cese por las responsabilidades en el maquillaje de las cuentas de Bankia en su salida a bolsa el 2011, cuando Restoy era vicepresidente de la CNMV. La resolución del Tribunal Supremo abre la puerta a aceptar a trámite miles de demandas de particulares por supuestas irregularidades de Bankia y perjuicios patrimoniales multimillonarios.

La fabricación de moneda a interés cero crea nuevas burbujas, de gran poder destructor, que tienen una base social cada vez más amplia y afectan, por tanto, a más población. La burbuja de las empresas tecnológicas del año 2000 (recuérdese el caso de Terra y el derrumbe del Nasdaq) afectó a relativamente pocos inversores. La salida en falso de la crisis, mediante políticas monetarias expansivas, alimentó la burbuja inmobiliaria que acabó estallando en 2008. Esta ya es mucho más importante, al afectar a muchas familias hipotecadas, bancos, constructoras, promotoras e inmobiliarias. La repetición de los mismos errores, una vez más, sirvió para inflar la monstruosa burbuja de la deuda pública que tenemos encima de nosotros como una siniestra espada de Damocles. El pago eterno de la deuda, más intereses, obliga a toda la sociedad sin excepción. A todos los nacidos y también a los no nacidos, todos deberemos acarrear un yugo indeseado de por vida. La gran creación de liquidez encontró refugio en los países emergentes, liderados por China, alimentando la formación de nuevas burbujas. Al mismo tiempo, tanta laxitud monetaria impedía la liquidación de las malas inversiones que se habían realizado anteriormente, dificultaba el saneamiento financiero y la necesaria reducción de la deuda, provocaba la eutanasia del ahorro y alimentaba la burbuja más temible. Cuando la Reserva Federal de EEUU da a entender, en la reunión del pasado diciembre de 2015, que subirá gradualmente el tipo de interés, provoca un flujo de retorno de los capitales invertidos en los países emergentes. Como si fuera un inmenso tsunami financiero, la repatriación de grandes cantidades de moneda fiduciaria creada de la nada puede dejar tras de sí un reguero de destrucción inimaginable.

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