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Medicación en tiempos de crisis

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Ocho años después de la crisis financiera del 2008, la economía mundial sigue sin remontar y con señales de estancamiento secular y crónico. Sólo en los países desarrollados hay 44 millones de personas en paro, 12 millones más que en 2007. Las políticas de estímulo monetario y de inyección masiva de liquidez en los mercados han sido un rotundo fracaso. No han servido para estimular ni el consumo ni la inversión, ni el crecimiento, pero sí para mantener una economía zombi, incapaz de purgar las malas inversiones pasadas, y manteniéndola adicta al endeudamiento. En 17 de las 20 economías más importantes del mundo, el crecimiento de la inversión fue más bajo durante el período posterior a 2008 que en los años anteriores a la crisis. En cambio, la deuda global ha aumentado en 57 billones de dólares desde 2007, cantidad que supera el crecimiento total de la producción. Por consiguiente, ninguna economía importante ha reducido la ratio deuda / PIB. De hecho, el porcentaje de deuda sobre el PIB ha aumentado, en promedio, un 17%. La parte de la deuda total que se ha incrementado más ha sido la de la deuda pública. Familias y empresas se han ajustado a los menores ingresos, pero el Estado no.

Estos procesos de creación de moneda y deuda pública son interdependientes. El Banco Central crea dinero fiduciario de la nada, cayendo de lleno en la tentación bíblica de pretender convertir piedras en panes, y lo destina a financiar las administraciones públicas, lo que incluye sueldos e inversión pública, rescates bancarios y políticas de estímulo. Esto desequilibra los presupuestos y genera una deuda pública que es adquirida mayoritariamente por los bancos comerciales, que lo utilizan como garantía para pedir financiación al Banco Central. Y así volvemos a empezar de nuevo, en un círculo vicioso que se retroalimenta. Las políticas monetarias ultraexpansivas financian la deuda pública y promueven burbujas financieras y pánicos bursátiles, intoxican los balances bancarios y erosionan sus márgenes de rentabilidad con tipos de interés artificialmente bajos, y el inevitable crash se intentará evitar aumentando la dosis de la misma medicina que la ha causado.

Si el medicamento recetado por el médico al paciente no le cura la enfermedad, sino que le empeora los síntomas, ¿no es recomendable cambiar de medicamento (o quizás de médico)? Si un determinado antibiótico nos provoca vómitos y mareos, ¿quién defendería un aumento de la dosis prescrita? Es verdaderamente increíble, pero las autoridades políticas y financieras, con el apoyo de los economistas más prestigiosos del status quo, pretenden curar la crisis mundial aplicando y aumentando la dosis del mismo veneno que lo ha originado. Es como pretender curar un cáncer mediante la reproducción descontrolada de tumores malignos por todo el organismo. Las recetas económicas prescritas por las autoridades son contraproducentes y nos debilitan aún más. Es necesario, pues, cambiar de recetas (o quizás de autoridades).

Consideremos el paciente que tenemos en el otro extremo de nuestra planta del hospital. No es un paciente cualquiera. Se trata de Japón, que no hace tanto competía con EEUU por el liderazgo de la economía mundial. El antiguo Imperio del Sol Naciente cayó en recesión en 1990. Desde entonces, el crecimiento se ha estancado, el endeudamiento público es el más alto del mundo (250% del PIB), la inflación es nula, la población ha envejecido y el ahorro disminuye, el progreso técnico se ha ralentizado y la productividad también, en cinco años el yen se ha devaluado el 45,5% y, sin embargo, el superávit de la balanza por cuenta corriente se ha reducido al pasar del 1,1% del PIB en 2012 al 0,5% en 2014, el poder adquisitivo de los ciudadanos disminuye y el déficit público es del 7,7% del PIB. Un cuadro clínico harto complicado. Y la medicación administrada a Japón, prescrita por el gobierno de Shinzo Abe desde 2012 es una combinación tremendamente agresiva de estímulo de la demanda agregada mediante grandes incrementos de gasto público y expansiones monetarias por parte del Banco de Japón. Una y otra vez se demuestra que las políticas monetarias y fiscales ultraexpansivas acaban con la salud de cualquier paciente. Y, sin embargo, la única respuesta de nuestras autoridades para salir de la crisis es el incremento en las dosis de la misma medicación que la ha causado. ¿Hasta cuándo seguiremos con la misma medicación?

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