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Mario Draghi y los límites del BCE

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Mario Draghi, esta semana, ha vuelto a cargar y a disparar el bazuka. Concretamente, ha anunciado un recorte del tipo de interés básico de financiación de la eurozona (del 0,05% al ​​0%), una rebaja en la remuneración de las reservas monetarias que los bancos comerciales tienen depositados en el banco emisor (del -0,3% al -0,4%) y una ampliación del programa de compra de deuda (de 60.000 millones mensuales a 80.000), ampliado a partir de ahora con la deuda de las empresas y no sólo de estados o bancos. Los depósitos bancarios en el Banco Central Europeo (BCE) se penalizarán con el -0,4% a partir del próximo 16 de marzo. Esto significa que 1.000 euros se convertirán al cabo de un año en sólo 996. Por consiguiente, el banco del que somos clientes pagará por tener depositado el dinero en el banco central. Es una nueva medida radical en esta carrera desenfrenada hacia el apocalipsis financiero. Desde el BCE y el conjunto de los otros bancos centrales, se va agotando la munición de la política monetaria ultraexpansiva.

Primero fue la imposición de tipos de interés artificialmente bajos durante largos periodos de tiempo, con todos los efectos negativos que ello conlleva. Siguió la ronda de fabricación de moneda (quantitative easing) a través de la compra de deuda, mayoritariamente pública, y la barra libre de liquidez a todos los bancos europeos que lo solicitaran (LTRO). En definitiva, financiación prácticamente ilimitada y gratuita para los dos socios privilegiados del Banco Central: el Estado y la Banca. La última medida desesperada del BCE ha sido la imposición de un tipo de interés negativo en los depósitos que las entidades financieras mantienen obligatoriamente en el banco central.

La retórica oficial, defendida por los economistas convencionales, es que la fabricación de moneda a coste cero reactivará la inversión, el consumo y, en última instancia, la economía. Y que la devaluación del euro estimulará las exportaciones al tiempo que reducirá las importaciones. Y que de esta manera tan sencilla, quién lo iba a decir, se solucionarán todos los graves problemas. Esta explicación es falsa. La impresión de papel moneda no es ninguna panacea ni convierte las piedras en pan. En anteriores artículos hemos explicado con detalle todos los efectos negativos que estas políticas generan. Provocan una incorrecta asignación del capital. El accceso sin restricciones a financiación a coste cero llevará inevitablemente a masivas inversiones erróneas en los sectores más alejados del consumo (bienes de capital, construcción, fabricación de acero, minas de carbón …) que deberán ser, tarde o temprano, interrumpidas y con grandes pérdidas. Se formarán burbujas financieras, endeudamiento galopante y minoración del ahorro, insolvencias bancarias (con rescates públicos), agravamiento de las diferencias sociales (se castiga al pequeño ahorrador y se premia al gran dilapidador de recursos)…

El fracaso de esta política monetaria tan expansiva ha sido reconocido por el propio Mario Draghi, que en la comparecencia del jueves recortó las previsiones de crecimiento del PIB en la eurozona para el 2016 y 2017, admitiendo también que no podrá cumplir con el objetivo de inflación prometido. Mario Draghi se ha quedado sin munición en el bazuka del BCE, después de haber disparado allí donde no era necesario. ¿Como responderá ahora a la próxima crisis? ¿Despegará el helicóptero del BCE para lanzar euros desde el cielo por toda la geografía europea? El gobernador está desnudo, como el rey en el famoso cuento de Hans Christian Andersen, y los mercados se dan cuenta. Intereses negativos también presionan a la baja los débiles márgenes bancarios y añaden más tensión en la cuenta de resultados. Si las entidades financieras deben pagar al BCE para depositar las reservas bancarias, no nos extrañemos que pronto nos trasladen a nosotros los intereses negativos. Las cuentas corrientes, en el clímax del surrealismo monetario, podrían soportar intereses negativos. En otras palabras, los clientes deberíamos pagar para depositar nuestros ahorros en una entidad financiera. La medida sería equivalente a un nuevo impuesto (no votado en sede parlamentaria) que recaería sobre el dinero y los depósitos bancarios.

Desde las pomposas palabras de Mario Draghi, en verano de 2012, que haría cualquier cosa por salvar el euro, no han pasado ni cuatro años. ¿Podríamos pensar al menos, para consolarnos, que se ha aprovechado este tiempo para hacer los deberes allí donde es necesario, esto es, en términos de mejora de exportaciones, competitividad y reducción del paro? La respuesta es negativa. La ligera mejora de las exportaciones no proviene ni de la innovación ni de la calidad, sino de la artificial paridad del euro, que puede cambiar en cualquier momento. La reducción de las importaciones, en buena parte, se debe a la gran bajada del precio del petróleo, lo que puede cambiar con la apreciación del dólar (el crudo se paga en dólares). Por tanto, la mejora de la balanza comercial española es transitoria. Por otra parte, el paro baja por la disminución del número de personas que buscan trabajo, sea porque emigran o porque renuncian a seguir buscando empleo. Debería reducirse el paro haciendo aumentar el empleo. Y no un empleo temporal y precario, sino los contratos indefinidos a tiempo completo (la suma de horas trabajadas por tres personas con contrato basura puede ser inferior a las horas de un solo contrato indefinido). Estas son las reformas necesarias y no las de impulso de la demanda o fabricación de moneda.

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