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Más allá del PIB

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El Producto Interior Bruto (PIB) de un país, esto es, la valoración monetaria de los bienes y servicios finales producidos por un país en un año, es la medida actual más importante de bienestar y crecimiento económico. El PIB lo calcula cada trimestre el Instituto Nacional de Estadística, organismo que depende de la Administración General del Estado, sumando el consumo, la inversión, el gasto público, las exportaciones y restando las importaciones. Cuando nos dicen que, durante el 2015, el crecimiento del PIB de Cataluña fue del 3,4%, el de España el 3,2% y el de la eurozona del 1,5%, deducimos intuitivamente que Cataluña funciona mejor que España, y España mejor que la media de la eurozona. Alternativamente, cuando leemos que el PIB per cápita anual de Luxemburgo es de 66.550 euros, el de Suiza 42.000, el de Irlanda 36.500, el de España 25.000, y el del Congo 260, también ordenamos el grado de bienestar de sus habitantes de la misma manera. ¿Es realmente así? No del todo.

En primer lugar, en la contabilización del PIB sólo se incluyen los bienes finales, pero no los intermedios. Para hacer pan, el panadero compra harina. Y para obtener harina se necesita trigo. Sólo el precio del pan se incluye en el PIB, pero no el de la harina ni el del trigo necesarios. Sin embargo, la mayor parte de los trabajadores y recursos productivos se dedican a producir los bienes intermedios y no los bienes finales. Por tanto, el PIB no recoge la mayor parte del esfuerzo productivo bruto de la sociedad. La inclusión del valor de los bienes intermedios para el caso de Estados Unidos superaría en más de dos veces el importe de las cifras oficiales de su PIB. La importancia del consumo bajaría desde el 60-70% actual a un escaso 33% del PIB y la inversión aumentaría hasta representar el 66% del total del PIB. Tampoco incluye las actividades realizadas fuera del mercado, como el trabajo de un ama de casa, ni contabiliza la economía sumergida. En cambio, sí contabiliza la producción de armas o ansiolíticos. El PIB tampoco toma en consideración la calidad del producto y contabiliza con cierta discrecionalidad los servicios públicos (sanidad, servicios sociales…) que no tienen un precio de mercado.

La capacidad del gobierno para influir descaradamente en el resultado final del PIB se pone de manifiesto, por ejemplo, en septiembre de 2014, cuando se decidió a nivel comunitario incluir el tráfico de drogas y la prostitución. El PIB español recibió una inyección de 46.000 millones extras, sin que incrementara para nada el bienestar de los ciudadanos. Roberto Centeno, catedrático de minas en la UPM, utiliza indicadores de actividad, cálculos de correlación del paro, consumo de electricidad o gasóleo, y ventas de los comercios para llegar a la conclusión de que el PIB real de España (0,85 billones de euros) es un 21% inferior al oficial (1,08 billones). Naturalmente, de ser correctos los cálculos, las consecuencias serían demoledoras. La presión fiscal real sube al 43% del PIB (nueve puntos porcentuales más que el oficial), el gasto público sería del 53% del PIB (la cifra más alta de la UE) y la deuda pública superaría el 125% del PIB (26% superior al oficial).

El propio secretario general de la ONU aseguró en asamblea que el mundo necesita un nuevo paradigma económico que reconozca el desarrollo de una manera más afinada, señalando que el PIB ya no es lo suficientemente preciso como único indicador en el que basarse para tomar decisiones políticas. Por ello se hace público un Informe Mundial de la Felicidad 2016, entendida como un fenómeno interior que se caracteriza por el hecho de experimentar emociones positivas y tener una valoración global positiva sobre la vida. Y tampoco, bajo este criterio, España sale demasiado bien parada. Entre los países que más felicidad han perdido entre 2007 y 2015 están los europeos que han sufrido la crisis económica. Grecia, Italia y España están en el grupo de los 10 países más perjudicados en este sentido. Concretamente, España cae una posición respecto al informe del año pasado, y aparece en el puesto 37, justo detrás de Arabia Saudí, Taiwán y Qatar. En positivo, Dinamarca, Suiza, Islandia, Noruega y Finlandia, por este orden, son los cinco países más felices del mundo.

Por último se debe cuestionar la necesidad de introducir el gasto público en el cálculo del PIB. El inventor del cálculo del PIB, Simon Kuznets, consideró seriamente la idea de dejar fuera del PIB el gasto del gobierno, especialmente durante las guerras. Con la inclusión del gasto gubernamental resultó que el PIB creció rápidamente durante la Segunda Guerra Mundial y se colapsó en 1946, al finalizar ésta. ¡Da la impresión de que la guerra sea buena para la economía! Un resultado mucho más preciso de la recuperación económica, después de la guerra, es el incremento en el gasto del sector privado y el decremento del gasto del sector público. El cálculo oficial del PIB introduce un sesgo considerable a favor de los estímulos de demanda vía incrementos del gasto público y creación de moneda, contribuyendo así a la desestabilización de la economía, la desestructuración de las etapas productivas, la no liquidación de las inversiones erróneas acometidas y el estancamiento secular de la sociedad.

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