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De Thomas Jefferson a Donald Trump

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Mientras el corazón político de la vieja y decadente Europa vuelve a ser golpeado por el terrorismo del Estado Islámico, en Estados Unidos preocupa que los dos candidatos mejor posicionados para ocupar la próxima presidencia sean Donald Trump y Hillary Clinton. Ambos comparten no sólo una vieja amistad y la condición de multimillonarios, sino también la gran paradoja de ser los candidatos favoritos en sus respectivos partidos y, a la vez, los aspirantes que suscitan más rechazo en la sociedad norteamericana. Ninguno de los dos no inspira confianza en dos terceras partes de sus compatriotas, pero todo parece indicar que uno de ellos será el próximo inquilino de la Casa Blanca. De Nueva York los dos, sus vidas han coincidido numerosas veces en los salones del poder y el dinero de Manhattan y Wall Street. De hecho, los Clinton fueron invitados de honor al tercer matrimonio de Trump con una modelo eslovena. Los dos futuros candidatos comparten un amor incondicional por el poder. Y las palabras de reconocimiento de Trump por Clinton, antes de postularse como candidato republicano, sólo se convierten en críticas destructivas poco después ( “Hillary Clinton ha sido la peor Secretaria de Estado de la historia de EEUU”). Trump defiende la deportación de doce millones de inmigrantes, la tortura y la construcción de un muro de separación con México, así como la prohibición a los musulmanes de entrar en EEUU.

El economista Friedrich Hayek, en una obra clásica de filosofía política y económica como Camino de servidumbre, analiza cómo los peores siempre ganan en una sociedad crecientemente intervenida (capítulo X). Bajo un poder centralizado, no hay ninguna probabilidad de que los comportamientos morales y cívicos se puedan imponer a la falta de ética y escrúpulos. Cuando el individuo se diluye en un grupo se tienden a romper las restricciones morales que controlan el comportamiento de las personas. Mientras que la tradición liberal siempre ha considerado el poder como un peligro para la libertad humana, para el estatismo es un bien y el medio necesario para organizar la sociedad de acuerdo a unos esquemas partidistas y a un plan de acción unitario. Que el fin justifica los medios es la negación de la moral, pero la razón de ser de la ética colectivista. La modestia y la humildad, la tolerancia y el respeto por la privacidad son virtudes que engendran capital humano y social. Estas virtudes proliferan en las sociedades que defienden los derechos del individuo y promueven la industria o el comercio, pero escasean en las sociedades colectivistas y militaristas.

El semanario The Economist considera que la presidencia de Trump sería un riesgo global, comparable a la recesión en China o el terrorismo yihadí. Periodistas estadounidenses han analizado los discursos populistas y demagógicos del magnate, llegando a contabilizar más de 60 afirmaciones falsas, una cada cinco minutos. A una misma pregunta sobre política internacional, responde de manera consecutiva con un “sí”, un “no y un” sí, pero … “. El narcisismo y arrogancia del multimillonario neoyorquino parecen la personificación del salmo 73 de David: “no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestidos de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra“.

Que individuos de esta catadura moral puedan llegar a dirigir el destino del país más poderoso del planeta dice algo de la decadencia de la sociedad norteamericana, comenzando en los valores y siguiendo en el ámbito económico. En cuanto a la vieja Europa, esta involución y generalizada degradación se encuentran mucho más avanzadas todavía. Muy afectada por la crisis económica y moral, el envejecimiento de la población hace tambalear el llamado Estado del Bienestar, producto social típicamente europeo, y pone en peligro el bienestar de las próximas generaciones que, claramente, disfrutarán de unos estándares de vida inferiores. Cómo la civilización occidental ha llegado hasta aquí, partiendo de referentes tan notables como Thomas Jefferson en EEUU o los más recientes Konrad Adenauer, Jean Monnet, Robert Schuman y Alcide de Gasperi en Europa, debería ser motivo de profunda reflexión y preocupación.

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