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Menos crecimiento y más impuestos

El último informe del FMI empeora las previsiones de crecimiento mundial y también las de España, reavivando la posibilidad de recaer en un estancamiento secular, esto es, un período muy largo de tiempo con crecimiento bajo o cero. Sus economistas, en una nueva manifestación del pensamiento único dominante desde Keynes, vuelven a pedir más políticas monetarias expansivas y más gasto público. Más dinero a unos tipos de interés más bajos (negativos) y más impuestos, más déficit y más deuda pública (!). Es verdaderamente inverosímil la capacidad que tiene el hombre de reincidir en el error, una y otra vez, especialmente cuando las consecuencias negativas de la élite dominante recaen sobre la mayoría de una población empobrecida y alienada.

Otro señal económico muy preocupante, relacionado con el anterior, es el estancamiento del comercio internacional. El 2016 será el quinto año consecutivo con un crecimiento del comercio inferior al 3%, muy por debajo de la media del 5% que registró a partir de 1990. No hay precedentes de un período tan largo e ininterrumpido de bajo crecimiento. En los últimos treinta años los intercambios comerciales solían crecer a un ritmo casi el doble de rápido que el del PIB mundial, gracias a la globalización y el descenso del coste del transporte de mercancías. En términos de valor de las mercancías, los indicadores son aún más preocupantes, porque el año pasado cayó un 13%, de los 19 billones de dólares a 16,5 billones. El proteccionismo económico es una grave amenaza y los obstáculos arancelarios y no arancelarios que continúan aplicándose a la exportación de productos agropecuarios y manufacturados son crecientes.

En un entorno recesivo como éste, y para reactivar la actividad económica, se hace imprescindible la reducción de las cargas fiscales, especialmente aquellas que recaen sobre la creación de empleo y los sectores más empobrecidos. ¿Y con qué nos encontramos? En una situación donde los enriquecidos gobernantes evaden impuestos en paraísos fiscales con total impunidad, al tiempo que la mayoría de la población sufre los rigores de un infierno fiscal con unas rentas mermadas y plenamente controladas por Hacienda. Según refleja la última edición del Taxing Wages de la OCDE, España tiene una carga fiscal directa (IRPF + Seguridad Social) del 39,6% en 2015 y del 40,7% en 2014. Mientras que el descenso se explica por la rebaja electoralista del IRPF por parte del Partido Popular, esta cifra sigue siendo un 3,7% superior a la media y nos acerca a los países con más voracidad fiscal (Bélgica con el 55,3% y Austria con el 49,5%), cuando nuestro modelo debería ser Irlanda (27,5%), Nueva Zelanda (17,6%) o Chile (7%). La cotización social de los empresarios es también de las más elevadas del mundo y, si se quiere luchar contra el paro, deberían reducirse drásticamente con carácter urgente.

Últimamente se habla bastante de incrementar los salarios mínimos, que en España son bajos, para incrementar la productividad del trabajo. Este es un error pueril sostenido por algunos economistas y equivale a colocar el carro delante de los bueyes. La relación de causalidad es justamente la contraria. No es que los salarios altos sean la causa de una buena productividad, sino que la elevada productividad genera salarios elevados. Si Alemania tiene sueldos mínimos de 1.500 euros mensuales con pleno empleo, se debe a que la productividad del trabajador germano está por encima del sueldo mínimo. La imposición de estos estándares en España, sin mejorar los registros de productividad paupérrimos, sólo serviría para crear aún más paro y expulsar del mercado laboral a los trabajadores menos cualificados. El incremento de los salarios mínimos, sin embargo, sí se podría plantear si se compensa con menores cotizaciones empresariales a la Seguridad Social. Propuesta que, por cierto, brilla por su ausencia en el debate.

En Cataluña hay que recordar que soportamos el tipo marginal máximo del IRPF más alto del mundo, conjuntamente con Suecia. El tipo mínimo a pagar también es más alto que la media española. La presión fiscal es mayor aquí que en el resto del Estado español. A pesar de ello, Oriol Junqueras, vicepresidente económico, y ante la asfixia financiera de la Generalitat, ha abierto la puerta a nuevas subidas de impuestos. El vicepresidente económico declaró que “subir o bajar un impuesto es bueno o malo en función del contexto fiscal global y económico en el que estás” (los primeros colonos de Nueva Inglaterra lo discutirían enérgicamente), y ante la imposibilidad de recortar gasto, plantea incrementar los ingresos impositivos. La subida de impuestos no es la vía para lograr una Cataluña rica y próspera. Ya sabemos que las únicas certezas de esta vida son el pago de impuestos y la muerte. Imponer impuestos tan elevados, sin embargo, es la mejor manera de asegurar una rápida transición del primero al segundo y perpetuar la pobreza colectiva. Plena soberanía, sí, pero para reducir impuestos y prosperar.

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