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La ley de J.B. Say (1767-1832)

Desde el crac de 1929, el discurso de la política económica, reflejo del dogmatismo imperante en la oligarquía y la academia dominantes, se centra mayoritariamente en la demanda. Variables como el gasto, el consumo y la deuda toman un relieve extraordinario. Se nos dice que la crisis es un problema de falta de demanda. Ergo, la solución pasa por incrementar la demanda. Y si la demanda privada, consumo e inversión, no toma la iniciativa, lo hará el sector público con el gasto público (y el corolario del déficit y deuda públicos). El intervencionismo estatista de izquierdas (escuela keynesiana) argumenta que las políticas neoliberales de Thatcher y Reagan hicieron aumentar las rentas propiedad del capital a costa de perjudicar las provenientes del trabajo, y que esta desigualdad social condujo a una disminución de la demanda y del crecimiento económico, contribuyendo al incremento del paro. Por otra parte, el intervencionismo estatista de derechas (escuela de Chicago) critica la excesiva voracidad fiscal de los gobiernos, su afán recaudador y regulador, a la vez que defiende la expansión monetaria y el monopolio del dinero por parte de los bancos centrales. Consideran que, bien asesorados por sus fallidos modelos matemáticos, pueden abaratar convenientemente los tipos de interés y reactivar así la inversión empresarial y el consumo. Los keynesianos defienden el impulso de la demanda con medidas fiscales, mientras que los monetaristas prefieren el impulso del gasto por mecanismos monetarios. Ambos, sin embargo, son partidarios de estimular la demanda agregada. Y al final, todos los gobiernos, con independencia de su color político y esclavos de algún difunto economista, como bien dijo Keynes, terminan aumentando los impuestos y el gasto, desequilibrando las finanzas públicas y trasladando a las siguientes generaciones la factura de una deuda pública descontrolada. Y el pueblo, lastimosamente, lo acaba refrendando en las urnas. Las masas se dejan engañar por políticos demagogos que prometen dinero público a cambio del voto. Racionalmente, es imposible dar crédito al mensaje populista de más y mejor protección pública para todos. Pero la verdad es impopular y los ajustes necesarios nadie los quiere asumir. Por tanto, el estatismo, de derechas e izquierdas, se acaba imponiendo. Como decía el gran liberal francés Frédéric Bastiat, el Estado es la gran ficción a través del cual todo el mundo aspira vivir a costa de los demás.

Y así, el gobierno socialista de Zapatero terminó gastando 448.000 millones de euros más de lo que ingresaba en 2007, pero también el gobierno popular de Rajoy, olvidando sus promesas electorales, incrementó la deuda pública en 550.000 millones, incumpliendo el déficit público año tras año de manera sistemática. Por supuesto, si leemos el programa de la coalición de ultraizquierda Podemos-IU, defiende también incrementar el gasto público (y los impuestos) en 96.000 millones de euros durante la próxima legislatura. El partido homónimo griego, liderado por Tsipras, ha incrementado el impuesto de la renta y los impuestos especiales sobre el gas, café, tabaco e Internet. El IVA heleno es del 24% y, en contra de su ideario, han congelado la oferta pública de empleo y recortado un 6% las pensiones medias de los ciudadanos griegos. ¡Quién iba a decir que el gobierno filomarxista que amenazó con romper la unidad monetaria europea acabaría cediendo a las pulsiones austericidas! Este dogmatismo, de izquierdas y de derechas, que defiende el estímulo permanente de la demanda se debe revisar. Y es que el largo período expansivo que comienza en 1993 y termina con la crisis del 2008 está impulsado por un exceso de demanda y el acceso ilimitado a préstamos baratos con tipos de interés artificialmente bajos. Y, ocho años después del inicio de la crisis, intentamos salir con más demanda y gasto artificial. Tenemos una crisis causada por un exceso de demanda, por un exceso de gasto y por falta de ahorro. La sociedad y los intercambios no son unidimensionales. Para acceder al consumo, alguien debe haber producido algo antes. ¿O es que pretendemos vivir indefinidamente a costa de los demás sin producir nada a cambio? Todo el mundo desea consumir más y mejoras bienes y servicios, pero éstos deben pagarse mediante la producción de bienes y servicios socialmente útiles. Y eso lo han olvidado fatalmente unos y otros, los de derechas y los de izquierdas, los monetaristas y los keynesianos.

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