La renta básica

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La renta básica es un ingreso pagado por el Estado a todos los ciudadanos, con independencia de su situación personal, económica o social. Pese a que no está implantada en ningún país del mundo, es un tema recurrente, especialmente en períodos preelectorales. Los suizos la han rechazado con contundencia. En un referéndum sin precedentes en el mundo, el 78% de los electores votaron en contra de un pago estatal a los habitantes del país con independencia de sus ingresos y de su estado laboral. Se preveía que el Estado suizo pagara a cada adulto unos 2.300 euros mensuales netos, y a cada menor 560 euros. El argumento que se ha acabado imponiendo es que los costos para financiar la renta básica son prohibitivos y que, al traducirse en el incremento de impuestos y del endeudamiento público, afectaría negativamente al crecimiento económico. Los suizos también han considerado que la renta básica disminuye la motivación para trabajar y distorsiona los incentivos correctos para la creación de riqueza. A pesar de que el salario medio de Suiza se sitúa en los 5.579 euros mensuales, el coste de implantar la renta básica sería de 188.000 millones de euros, el triple del total de los gastos sociales del país. En Francia, una renta mensual de 750 euros equivaldría al 26% del PIB, y en España dispararía el gasto público del 44% al 65% del PIB, previo descuento del gasto en protección social que se ahorraría.

Es altamente probable que un referéndum de estas características en España, un país con menos calidad democrática que el pequeño territorio alpino, acabaría proporcionando un resultado radicalmente diferente. Y es que la promesa de una renta básica es golosa y ejerce una fuerte influencia en potenciales votantes. Es una promesa que debilita la fibra emprendedora de una sociedad. ¿Por qué arriesgarse con un negocio si papá Estado me asegura un mínimo de subsistencia incondicionalmente? ¿Por qué tener que sufrir constantes quebraderos de cabeza en el trabajo si el Estado benefactor me ofrece una alternativa mejor? La renta básica es el perfecto catalizador de la máxima de Frédéric Bastiat, aquel distinguido liberal francés, en el sentido de describir el Estado como la gran ficción a través del cual todo el mundo trata de vivir a costa de los demás. Se aspira a vivir de la renta básica, sin detenerse a pensar quién la paga. Los partidos de ultraizquierda, como Podemos, son los que más insistentemente la predican, basando su financiación en un tipo único de IRPF muy elevado (50% o superior). Este argumento es falso por dos motivos como mínimo. En primer lugar, el incremento del tipo impositivo no mantiene la base imponible inalterada, sino que la reduce. ¿Quién trabajaría si el 100% de nuestros ingresos fuera confiscado por Hacienda? En el momento en que la asfixia tributaria fuera aún más elevada, con el objetivo de financiar el pago de la renta básica, la recaudación decrementaría y no sería suficiente. Y en segundo lugar, el anuncio de que España paga una renta básica a todo ciudadano que acredite esta nacionalidad, tendría un efecto expansivo sobre el gasto público. La tan famosa picaresca española haría resucitar difuntos o, sencillamente, mantendría administrativamente en el reino de los vivos sine die a parientes y beneficiados. El censo de población aumentaría y el gasto público también.

Los impulsores de la iniciativa defienden que la renta básica es la respuesta a los efectos indeseados del avance tecnológico. Se argumenta que la creciente digitalización y la introducción de la robótica en las actividades productivas hará desaparecer muchos puestos de trabajo. España es uno de los países que salen peor parados de la llamada cuarta revolución industrial, y podría afectar al 12% de los puestos de trabajo o, lo que es equivalente, a más de dos millones de trabajadores que podrían potencialmente perder su ocupación. Naturalmente, son los trabajos menos cualificados los que más peligran y que responden a procesos rutinarios y repetitivos, ya que aquí es más fácil sustituir a los trabajadores por máquinas. El patrón de destrucción de algunos puestos de trabajo va unido a la creación de nuevos sectores económicos antes inexistentes e insospechados. Pensemos en las empresas de big data, con una base tecnológica muy importante, y con demanda de perfiles de gestores de datos. La demostración más clara que erradica el catastrofismo más funesto de este determinismo tecnológico es el hecho de que Corea del Sur, Japón y Alemania, países muy robotizados, tienen un paro técnico de sólo el 3%, 3,5% y 4,7 %, respectivamente. Una prueba de que el avance técnico no provoca paro masivo, sino mejoras de productividad y creación de empleo cualificado, y que la renta básica no se sostiene tampoco por este motivo.

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