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Europa y el Brexit

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Los principales mercados europeos han sufrido esta semana pérdidas importantes, precedidas también de caídas en las bolsas asiáticas. Y es que estamos a las puertas de dos eventos importantes y cruciales, que pueden marcar el devenir de la Unión Europea. El primero es el referéndum en el Reino Unido sobre la permanencia en la UE y el posible Brexit, que se votará el próximo jueves 23 de junio, y el segundo es la resolución del Tribunal Constitucional alemán sobre la legalidad del programa de compra de deuda pública y deuda corporativa del BCE, prevista para el martes 21 de junio. Centrémonos en el primero. El riesgo creciente de que el Reino Unido abandone la UE, además del impacto en las bolsas europeas, supone importantes cambios geoestratégicos y económicos que pueden cambiar sustancialmente el contenido del proyecto europeo. En el momento de escribir este artículo, las encuestas virtuales muestran una clara ventaja para los partidarios del Brexit (46%), mientras que los defensores del statu quo representan sólo el 39% y el resto (15%) está indecisa o no irá a votar. Este formato de encuesta on-line muestra un sesgo claro a favor de la ruptura y habría que neutralizarlo con los resultados que apuntan las casas de apuestas, de gran tradición en el Reino Unido, y que se decantan por la permanencia. Entre los motivos de los ingleses para llevar a cabo este proceso separatista, no sólo hay de económicos y sociales, sino también políticos, como la creencia de que un Reino Unido fuera de la UE tendría una posición más privilegiada en el mundo global y multipolar. David Cameron no quiere salir del proyecto de la UE, sino jugar la carta de la salida para obtener una posición interna mucho más favorable, haciendo valer el referéndum para conseguir sus reivindicaciones. Las condiciones del primer ministro británico, para seguir en el proyecto común europeo, giran alrededor de cuatro puntos esenciales: a) Soberanía: los británicos piden que la UE les reconozca el derecho a no avanzar hacia una unión política centralizada en Bruselas y reclaman también más poder a los parlamentos nacionales para bloquear leyes europeas; b) Competitividad: construcción de un mercado único más libre y menos regulado que pueda competir con economías en crecimiento como China o la India; c) Beneficios sociales: regulación de la presión inmigratoria y que los ciudadanos de otros países no tengan acceso a las prestaciones sociales hasta cuatro años después de su llegada al país; d) Políticas económicas: mantenimiento de su plena independencia monetaria al margen del proceso de mayor integración financiera del continente, preservando el hub financiero de la City.

Los británicos, desde su plataforma insular, siempre han mostrado un europeísmo muy particular. A diferencia de Alemania, que es el líder natural de Europa tanto en términos económicos como demográficos, los ingleses han procurado históricamente mantener el equilibrio de fuerzas en el continente. Nada partidaria del creciente protagonismo de los eurócratas ni de la centralización del poder en Bruselas, Margaret Thatcher ya arrancó en su día la concesión del cheque británico, con el argumento de que los británicos siempre pagan mucho y reciben muy poco de las arcas comunitarias. La posibilidad del Brexit representa, en parte, una oportunidad para frenar y revertir el proceso de centralización política de Bruselas y su creciente afán regulatorio y recaudatorio. La posibilidad de salida de un país tan importante como el Reino Unido del club europeo debería introducir incentivos para corregir los errores cometidos y revigorizar un proyecto europeo agónico que vive horas muy bajas. Noruega, Islandia o Suiza no pertenecen a la UE, pero son países prósperos que progresan y mantienen las libertades intracomunitarias básicas de libre circulación, en virtud de los acuerdos del Espacio Económico Europeo y la Asociación Europea de Libre Comercio. A pesar de que la mitad del comercio exterior del Reino Unido es con la UE, una eventual salida no tendría necesariamente repercusiones negativas si se preserva el libre comercio. De hecho, el centro de estudios Open Europe defiende que el PIB británico podría incrementar notablemente fuera de la UE, siempre que se mantenga como país librecambista, al deshacerse de la asfixiante burocracia regulatoria y de la enervante carga fiscal. La UE debe preservar su esencia y fortalecer la dinámica del Mercado Único, no forzando ningún tipo de centralización política ni obligando ningún país a ceder soberanía a Bruselas si no quiere. Integración económica sí, pero no política. Esto desactivaría la posibilidad del Brexit y atraería Suiza y Noruega a un nuevo proyecto europeo, más vigoroso y dinámico. El libre comercio no es incompatible con ciertas instituciones comunitarias ni con regulaciones comunes, pero sí con una planificación de arriba abajo que emane de Bruselas. No se puede dejar que la regulación comunitaria, como tampoco la estatal o autonómica, ocupe más de 60.000 páginas anuales en el BOE. El comercio emana de la libre iniciativa personal y de la libertad de empresa. La hiperinflación regulatoria y el exceso de carga fiscal debilitan la fibra económica y moral de la vieja Europa. Tenemos que decidir entre continuar con la decadencia y el viaje a la irrelevancia mundial, o volver a los orígenes de la construcción europea y revigorizar el proyecto comunitario.

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