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La UE y el triunfo del Brexit

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La Unión Europea ha tenido esta semana dos set balls en contra. El primero, que se ha salvado, es el aval del Tribunal Constitucional alemán al programa de compra de deuda del BCE. La ley europea impide que el BCE financie gobiernos concretos, y el alto tribunal germano ha considerado que el programa no favorece ningún país determinado, ya que el BCE compra deuda de muchos países europeos. Esto son buenas noticias para el presidente del BCE, Mario Draghi, y gobiernos como el de España, que continuará recibiendo dinero ilimitado a coste nulo o negativo. Desgraciadamente, la financiación gratuita de estructuras de poder tan corruptas como las del Estado español no introduce ningún incentivo de reforma. Se continuará alimentando la burbuja de la deuda pública a la vez que castigando a los ahorradores y los sectores productivos. Se continuará haciendo un uso instrumental, partidista y sectario de las instituciones públicas, como tristemente nos han revelado las conversaciones entre Jorge Fernández Díaz y Daniel de Alfonso. Todas las tan necesarias reformas estructurales continuarán aplazándose sine die, mientras que la execrable figura de Joseph Fouché, el jefe de la policía secreta de Napoleón Bonaparte, hombre totalmente carente de escrúpulos y moral, seguirá siendo el inspirador directo de nuestra política , antes y después del 26J.

Sufrimos una crisis poliédrica con múltiples caras (económica, social, política, moral …) que se retroalimentan en un entorno de depresión y que puede acabar con el hundimiento y el fracaso del proyecto europeo: las dudas sobre el euro y el funcionamiento del BCE, la llegada masiva de refugiados, el estancamiento económico, la no representatividad de las instituciones, la desafección ciudadana, el déficit democrático, el crecimiento de los partidos populistas radicales, las amenazas geopolíticas exteriores, el triunfo del Brexit… Europa está necesitada de un liderazgo sólido compartido y le sobran, al mismo tiempo, docenas de políticos aprendices de Fouché. Hay que devolver un sentido moral y de responsabilidad a la dirección política. Y eso, en la escena europea, sólo lo puede conseguir Angela Merkel. La canciller alemana fue la única que puso la ética por delante de los intereses personales y partidistas en la crisis de los refugiados. Enfrentándose a amplios sectores de la sociedad alemana, dio acogida a miles de refugiados. Esto le costó una pérdida importante del apoyo popular (recordemos las vejaciones sexuales cometidos por extranjeros en Colonia la Nochevieja) y también dentro de su propio partido (Peter Dreier, presidente del distrito de Baviera, llegó a enviar a Berlín un autobús cargado de inmigrantes en protesta contra Merkel).

La segunda pelota de set en contra ha sido la decisión de los británicos a la consulta del Brexit. Y ésta, a pesar de los pronósticos favorables, se ha perdido. El rechazo a continuar pagando transferencias a Bruselas (los británicos soportan el 19% de aportaciones netas al presupuesto comunitario) y la falta de controles inmigratorios han pesado más que otras consideraciones. Por el artículo 50 del Tratado de la UE, se inicia ahora el divorcio y un proceso de negociación entre Londres y la UE para rediseñar el encaje económico y financiero. Cuando analizamos las implicaciones del Brexit hay que distinguir de qué ámbito estamos hablando. El ámbito político y el económico, por ejemplo, a pesar de las interferencias, a menudo tienen connotaciones muy diferentes. La unión política no tiene nada que ver con la unión económica, y la centralización del poder en Bruselas tampoco tiene nada que ver con la dinámica del mercado común. La decisión de los británicos de recuperar plena independencia política y desligarse de las decisiones de Bruselas no tiene consecuencias negativas ni esconde ningún tipo de amenaza. Al contrario, es una decisión comprensible y que, incluso, puede tener efectos terapéuticos para enderezar la construcción europea. Los problemas vendrán del ámbito económico. El estatus de países como Noruega y Suiza, con acuerdos de libre comercio, sería beneficioso para los intereses británicos, pero habrá que ver de qué manera el triunfo del Brexit contribuye al deterioro y reducción de las relaciones comerciales y financieras entre el Reino Unido y Europa, debilitando la dinámica del Mercado Único e implosionando la UE y la propia Gran Bretaña, dividida ahora entre territorios eurófilos (Londres, Escocia e Irlanda del Norte) y eurófobos (Inglaterra). No es fácil que la Gran Bretaña se integre en el espacio económico europeo, disfrutando de las condiciones que tienen Noruega, Islandia y Liechtenstein. Si fuera el caso, significaría que se puede disfrutar de las ventajas de la UE sin compartir ninguno de los costes.

Para minimizar las consecuencias negativas del Brexit, en cualquier caso, es necesario que no se establezcan aranceles u otras barreras administrativas ni en las mercancías ni en el turismo, donde la UE y España disfrutan de una situación superavitaria. En términos financieros, las barreras con la City londinense beneficiarán las plazas de Frankfurt y París, pero pueden perjudicar al conjunto de Europa si no alcanzan los mismos niveles de productividad. En cuanto a la inversión directa comunitaria, un 20% de la cual se destinaba al Reino Unido, podría ahora beneficiar al resto de la UE. Si el ejemplo del Brexit fuera seguido por países afines a la Gran Bretaña, como Holanda, Suecia y Dinamarca, la UE se encontraría restando un match ball decisivo. El libre comercio no es incompatible con regulaciones comunitarias comunes, pero sí con una planificación de arriba abajo que emane de Bruselas. La hiperinflación regulatoria y el exceso de carga fiscal debilitan la fibra económica y moral de la vieja Europa. Tenemos que decidir entre continuar con la decadencia y el viaje a la irrelevancia mundial, o volver a los orígenes de la construcción europea y revigorizar el proyecto comunitario. Para eso es necesario un verdadero mercado común, con regulaciones sencillas que realmente se cumplan y una baja fiscalidad en un entorno monetario estable. El euro y la UE salvaron un match ball en el verano de 2012 con Grecia y la crisis de la deuda soberana. El verano de 2016, cuatro años más tarde, es Gran Bretaña quien anticipa nuevos y graves problemas.

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