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Alquimistas financieros

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En la primera semana post-Brexit, y en medio de intensos terremotos financieros, quedamos expectantes de cómo se gestionará el divorcio entre Gran Bretaña y la UE. Lo mejor para todas las partes sería un divorcio amistoso, que mantuviera el acceso de Gran Bretaña a las libertades básicas del mercado común europeo (mercancías, servicios, personas y capitales). El mercado único no significa más centralización política comunitaria. La integración económica y la integración política caminan por caminos independientes y, a menudo, bastante diferentes. La idea de que el Estado crea la sociedad y estructura el mercado es falsa. En un mundo globalizado e hiperconectado, la dimensión mundial de la sociedad y la economía desbordan los estrictos límites geográficos del Estado. El individuo se puede autoorganizarse al margen de los políticos sin necesidad de someter su vida a las decisiones arbitrarias de los depositarios de una soberanía individual enajenada. En otras palabras, la relación entre el Estado, la sociedad y el mercado no responde a ninguna mística trinitaria ni, mucho menos aún, está dotada de ningún aura de santidad trascendente. Tenemos contactos con personas de todo el mundo con las que no compartimos ningún tipo de soberanía nacional, y consumimos cada día productos y servicios básicos que han sido elaborados por empresas extranjeras.

La construcción política de unos Estados Unidos de Europa no tiene nada que ver con la dinámica del mercado único europeo. Son construcciones diferenciadas que pueden resultar incompatibles. Los peligros del Brexit son el reforzamiento de los nacionalismos antieuropeos y antiglobalizadores, el avance de los populismos demagógicos y el aislacionismo. Así comenzó la decadencia del gran esplendor europeo a inicios del siglo XX, y así se forjó el estatismo que condujo a la barbarie militarista y la destrucción desbocada de dos guerras mundiales. En palabras del prestigioso economista francés Frédéric Bastiat, «cuando los bienes no cruzan las fronteras, lo hacen los soldados».

Otra centralización de poder altamente peligrosa es la financiera. Al respecto, el Banco de Pagos Internacionales, organismo que agrupa a los principales bancos centrales del mundo, ha publicado esta semana su informe anual. Alerta de que el volumen mundial de deuda, alentado por los bajos tipos de interés, ha pasado de 100 billones de dólares al inicio de la crisis, a casi 150 billones en 2015 (más del 200% del PIB mundial), debilitando la productividad mundial y reduciendo el margen de maniobra de la política monetaria. Nada dice, sin embargo, que es el propio cártel monetario que representa el causante de la creación descontrolada de deuda mediante la fabricación de moneda de la nada a tipo de interés cero. En el sistema financiero actual, un verdadero reducto de planificación centralizada en pleno siglo XXI, los bancos centrales controlan la oferta monetaria y fabrican dinero en sentido físico. Cogen papel y tinta, dos bienes de escaso valor, conectan la imprenta del Banco Central y … voilà! Se hace el milagro de la multiplicación, no de riqueza real, no de panes y peces, sino de papel moneda. Contablemente, el papel moneda se llama efectivo y se contabiliza en el pasivo del banco emisor. Los destinatarios del dinero creado, el Estado o el sistema financiero, lo reciben como préstamos a un tipo de interés cero. El crédito del banco emisor al Estado y los bancos comerciales es su activo. Por tanto, en sentido estricto, el dinero que utilizamos es la deuda (pasivo) del Banco Central.

Las operaciones de quantitative easing (80.000 millones de euros mensuales en la eurozona) suponen monetizaciones directas de la deuda pública, y las transferencias monetarias a los bancos comerciales se utilizan también para comprar más deuda pública en los mercados secundarios. Alertar de la gran expansión de la deuda es reconocer que los bancos centrales están fabricando dinero masivamente. ¿Algún indicio de mea culpa? Ninguno. Lejos de cualquier autocrítica, el banco central de los bancos centrales, dirigido por el español Jaime Caruana, ex gobernador del Banco de España, defiende su papel regulador y reclama más y renovados poderes. Desde 1971 (cuando se rompe el último vínculo entre el oro y el dólar) hemos crecido y crecido en montañas de deuda, pero lo hemos hecho en una gran farsa. Porque se fabrica dinero, dinero de papel, dinero deuda, dinero fiduciario, dinero ficticio, inflacionarios, duplicados, fabricados de la nada, creados a voluntad de cada banco central. Y aquí estamos, a los pies de una burbuja gigantesca de deuda. Hay que reconstruir la arquitectura del sistema monetario mundial y dotar al edificio de cimientos estables, de una moneda sólida y no manipulable a voluntad por miles de alquimistas financieros.

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