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El paro y el verano

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Con la llegada del verano, una economía tan dependiente del turismo como la de España aumenta la contratación estacional y, por tanto, reduce el paro. Sólo temporalmente y en lugares de trabajo muy centrados en puestos de playa, hoteles y comercios, pero lo reduce. La cifra de paro registrado en las oficinas de empleo se sitúa por debajo de los 3,7 millones (el paro según la Encuesta de Población Activa continúa siendo mucho más elevado) y el número de afiliados a la Seguridad Social se acerca a los 17,8 millones (muy lejos aún de los 19,4 millones que se consiguieron en mayo de 2008). La noticia, de nuevo presentada en clave triunfal por el gobierno en funciones, tiene una cara oscura que convendría analizar.

Y es que dos debilidades muy destacadas son la temporalidad y el paro a largo plazo. Concretamente, sólo el 7,7% del total de contratos registrados en el mes de junio tuvo carácter indefinido. El resto, esto es, el 92,3% son temporales (eventuales por circunstancias de la producción, por obra o servicio y a tiempo parcial) y, lo que es aún peor, con muy pocas posibilidades de convertirse en indefinidos a su finalización. El exceso de temporalidad no se debe a la extrema flexibilidad de la legislación laboral. El problema no es que el 30% de los puestos de trabajo de la economía española tengan la consideración de temporales, sino que ese 30% se cubre con una sucesión de contratos de muy corta duración, donde los trabajadores no tienen posibilidad de consolidarse y van encadenando una serie interminable de contratos basura. ¿Esta alta rotación de trabajadores se debe a una preferencia del trabajador por la inestabilidad laboral? Evidentemente que no. Tanta temporalidad dificulta la vinculación y fidelidad a una empresa, disminuye los niveles de productividad laboral, en los jóvenes retrasa la formación de una familia y perjudica la natalidad. Entonces, ¿es el perverso empresario el culpable de esta situación? Tampoco. Los empresarios no son ángeles, pero tampoco demonios. En la búsqueda de su propio interés, que es el beneficio, preferirían suscribir contratos indefinidos para los trabajos permanentes y contratos temporales para los discontinuos, con personal de confianza. Despedir trabajadores perfectamente válidos, y tener que buscar de nuevos en el mercado, no sólo perjudica la productividad y los beneficios de la empresa, sino que también aumenta los costes administrativos y de transacción contractuales. ¿Dónde radica entonces el problema? En la legislación, que obliga a convertir un contrato en indefinido a los 24 meses, y en las elevadas indemnizaciones de un mercado de trabajo excesivamente dual. La ventaja de ser indefinido deriva en el derecho a percibir una indemnización muy superior en caso de despido. A diferencia de los contratos temporales, que reciben una indemnización inferior al fin del contrato (12 días de salario por año trabajado), el trabajador indefinido puede recibir dos tipos de indemnizaciones al final del contrato: una indemnización de 20 días por año trabajado en caso de despido objetivo o una indemnización de 45 días por año hasta el 12 de febrero de 2012 y de 33 días por año desde esa fecha, en caso de ser declarado el despido improcedente. Con estas indemnizaciones, el empresario lo tiene que pensar mucho y muy claro debe tenerlo antes de firmar un contrato indefinido. El resultado es un exceso de la temporalidad.

La segunda gran debilidad es que el número de jóvenes menores de 25 años que hace más de dos años que buscan trabajo se ha multiplicado por seis en los últimos ocho años de crisis en España (pasando de 24.900 parados en el primer trimestre de 2008 a un total de 138.600 en el mismo período de este año). Los menores de 25 años que hace más de 24 meses que buscan trabajo representan el 21% de todos los parados en esta franja de edad. Además, la situación de paro se enquista y el paro a largo plazo se va agravando a medida que se escala en la pirámide de edad en el mercado laboral. En la franja de entre los 25 y los 45 años, el paro de larga duración representa el 40% del total, mientras que escala al 56% en los mayores de 45 años. Un sector tan elevado de la población activa en paro permanente la convierte en inempleable y supone una pérdida de capital humano inestimable. Difícilmente podrán estos parados volver al mercado laboral sin una inversión decidida en reciclaje y formación. El número de parados de larga duración en Cataluña se ha disparado en los últimos ocho años. En total, hay 283.200 personas en esta situación, la segunda cifra más alta entre las comunidades autónomas.

Por consiguiente, el verano ya ha llegado, y las cifras de paro mejoran momentáneamente. Pero ello no es más que un oasis en el desierto. El paro continúa siendo un cáncer de la economía española, tanto en términos globales, como por su dualidad y por la gravedad del paro a largo plazo.

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