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¿Cuál es el oficio de los políticos?

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España también suspende en conocimientos financieros en el informe PISA. En situación mucho peor que las matemáticas, la lengua o las ciencias quedan las finanzas más elementales. Nuestros jóvenes tienen problemas para comprender conceptos económicos básicos y que influyen en su día a día. Desde el tipo de interés y la bolsa, a comparaciones de precios y salarios, control de sus ahorros o gestión de un presupuesto. Los adolescentes españoles están muy por debajo en todas estas materias que sus colegas en Holanda, Bélgica o Canadá. Más que hablar de conocimientos (muy) insuficientes, se debería hablar de conocimientos inexistentes, ya que no encontramos en la educación secundaria obligatoria ninguna formación específica de este tipo. También llama la atención que los adolescentes españoles son los que menos trabajos informales realizan. No estamos hablando, naturalmente, de una jornada completa en una empresa, sino de trabajos esporádicos como monitor, por ejemplo, a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Estos trabajos informales, tan habituales en Holanda o Canadá, permiten la adquisición de habilidades básicas como el cumplimiento de un horario, la asunción de responsabilidades o la satisfacción de ganar un dinerillo con el esfuerzo personal.

Desgraciadamente, este patrón de falta de contacto con el mercado laboral se reproduce en el otro extremo de la escala social. Uno de los referentes mediáticos de nuestra juventud, más allá de los ídolos deportivos o cinematográficos del momento, son los políticos. Y la mayoría de los parlamentarios que nos gobiernan tienen escasa experiencia laboral. Defienden sus intereses corporativos y determinados privilegios funcionales, más que los intereses de los que les han votado. Y cuando el colectivo político de un parlamento es el menos acostumbrado al riesgo, cuando son gente que no han tenido que competir nunca en un entorno global y competitivo, que no viven como la gente que los mantiene, nos encontramos con una sociedad desvalida y sin armas para luchar ante los grandes desafíos a los que debe hacer frente. ¿Qué parlamento de este tipo permitirá dictar leyes capaces de estimular la competitividad, de asegurar una educación libre que fomente el espíritu crítico e innovador, de defender los intereses de las empresas y los trabajadores, así como su internacionalización en un entorno abierto y sin privilegios? Quizás con la excepción del actual parlamento de Cataluña (sólo quizás), escasean los miembros de la sociedad civil entre nuestros representantes y sobreabundan las personas de partido. Del partido político se pasa a los parlamentos, y de los parlamentos a los gobiernos. Hoy en día el poder legislativo no es más que una extensión del poder ejecutivo, el cual llega a influir incluso en el poder judicial. Se trata, por tanto, de una verdadera partitocracia. Los cargos de los gobiernos (ministros, secretarios de Estado, subsecretarios…) están reservados para miembros del partido y convendría que miembros destacados de la sociedad contribuyeran a gestionar la cosa pública. ¿Por qué un miembro de la sociedad civil, mucho más independiente desde el punto de vista económico que un político, no puede ser capaz de administrar un ministerio? ¿Por qué un profesional de reconocido prestigio y solvencia contrastada no puede, durante un corto espacio de tiempo, dedicarse a dirigir la res publica?

Consideremos las recientes primarias a la secretaría general del PSOE. Por un lado, Patxi López ocupa cargos en el partido socialista desde que se afilió a las juventudes del partido, siendo un adolescente de 16 años. 41 de los 57 años de su vida han sido vinculados a la política remunerada. Por otra parte, la derrotada Susana Díaz no ha tenido jamás ningún vínculo con el mundo laboral. Ambos acumulan cero minutos de experiencia en el mundo profesional ajeno a la política. El flamante secretario general del PSOE y ganador de las primarias, Pedro Sánchez, no es muy diferente de Susana Díaz o Francisco Javier (Patxi) López Álvarez. Puede que Pedro Sánchez no sea un hombre de partido tan acérrimo como su adversaria, que respira el aliento de Felipe González o Alfonso Guerra, pero sigue siendo un profesional de la política que transita básicamente por la moqueta de los despachos. Esta partitocracia, aplicable a todo el espectro político, es parcialmente responsable de la corrupción sistémica y de la obtención de beneficios particulares mediante abusos ilegítimos del poder. Una primera actuación para solventar este grave problema consistiría en desprofesionalizar la política, dejando de convertirla en una actividad vitalicia, promoviendo la (re)incorporación de los políticos en el mercado laboral.

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